
La ciudad pequeña y provinciana
aún tiene lugar para mí, siempre lo supe,
pero su más querido encanto
es remontar los años y devolverme
la vida de un niño que exploró sus techos,
sus aguas, sus tapias, sus cerros, sus sótanos,
sus criptas, sus bosques, sus patios, sus parques…
Todo ello sucedió sin saber que soñaba y jugaba,
acariciado por el sol, la lluvia y el viento;
llevado de la mano por mi padre y mi madre;
protegido por esos ancianos abuelos y familiares
llenos de consejos, sonrisas y risas.
Pero, si algo añoro ahora es la presencia
de aquellos ambiciosos aventureros que,
cansados del fútbol callejero y encestar pelotas,
eran capaces de trasponer los dinteles prohibidos
para, en la puerta, jugar a la guerra,
a ser artesanos del lodo arcilloso,
a descubrir con sus perros el mundo
del que nos separaba el arroyo.
Primos y primas, amigos y amigas,
todos entraban a la casa de mis abuelos,
cuando la vida era fiesta
y los cafés eran maltratados y consumidos
antes de que se vuelvan amargos.